Deforestación en Brasil: el engranaje oculto entre pastos, soya y especulación de tierras

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La deforestación en Brasil no es un fenómeno aislado ni producto de una sola actividad.

Detrás de la pérdida acelerada de bosques existe un complejo entramado entre la ganadería, la expansión agrícola y la especulación de tierras.

Una reciente investigación del Departamento de Ciencias Geográficas de la Universidad de Maryland revela que entre 2000 y 2014 la superficie destinada a cultivos en hileras en Brasil casi se duplicó, al pasar de 26 millones a 46.5 millones de hectáreas, un crecimiento que ha tenido profundas consecuencias ambientales.

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El estudio, basado en un análisis avanzado de teledetección con imágenes satelitales de Landsat y otros sistemas, muestra que solo el 20 por ciento de los nuevos campos de cultivo surgieron por la conversión directa de vegetación nativa.

El 80 por ciento restante provino de un proceso en dos etapas: primero se talan los bosques para establecer pastos ganaderos y, posteriormente, esas tierras se transforman en cultivos, principalmente de soya.

Este mecanismo revela que, aunque la agricultura no siempre aparece como la causa directa de la deforestación, sí está estrechamente ligada a ella.

Expertos coinciden en que Brasil no necesita seguir deforestando para aumentar su producción agrícola.

Lejos de ser una solución, este modelo ha fomentado la especulación. Investigadores como Vivian Ribeiro, del Instituto de Investigaciones Ambientales de la Amazonía (IPAM), advierten que muchos terrenos se deforestan con fines especulativos: se convierten en pastos de manera temporal y luego se venden a precios inflados a productores agrícolas.

Casos como el del estado de Bahía, donde el 15 por ciento de la vegetación nativa deforestada para pastos se transformó en cultivos en menos de cinco años, refuerzan esta hipótesis.

La preocupación aumenta ante el debilitamiento de las políticas ambientales.

Durante la campaña y la llegada al poder de Jair Bolsonaro, los índices de deforestación del Amazonas repuntaron de forma alarmante, impulsados por la percepción de impunidad entre especuladores y acaparadores de tierras.

Aunque la Moratoria de la Soya logró reducir la deforestación directa en la Amazonía entre 2006 y 2013, la presión se desplazó hacia el Cerrado, donde las regulaciones son más laxas y la conversión de vegetación nativa es hasta 2.5 veces mayor.

Expertos coinciden en que Brasil no necesita seguir deforestando para aumentar su producción agrícola.

Intensificar el uso de tierras ya degradadas y mejorar la productividad ganadera podría reducir la presión sobre los ecosistemas.

De lo contrario, la combinación de especulación, demanda global de soya y debilitamiento institucional seguirá alimentando una de las crisis ambientales más graves del planeta.

En Denuncia Verde, advertimos: sin controles firmes y datos transparentes, la deforestación continuará avanzando, silenciosa pero implacable.

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