El pasado 2 de julio, una imagen apocalíptica recorrió el mundo: un “ojo de fuego” ardía sobre el mar, en inmediaciones de la plataforma KU-Charly, en el Golfo de México.
Pemex atribuyó el fenómeno a una tormenta eléctrica que provocó la ruptura de un gasoducto submarino, liberando gas que luego se incendió.
La paraestatal aseguró que el incendio fue controlado en cinco horas, sin impactos ambientales permanentes. Sin embargo, científicos, ambientalistas y organizaciones civiles no comparten ese optimismo.
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El principal problema: la opacidad. Investigadores como Héctor Reyes Bonilla (UABC) y Lorenzo Álvarez Filip (UNAM) han denunciado la falta de acceso a la zona para evaluar los posibles daños.
La dispersión de contaminantes en el océano y la ausencia de estudios sistemáticos dificultan cualquier diagnóstico certero.
Además, según datos satelitales, el accidente generó una alarmante emisión de dióxido de nitrógeno (NO₂), con potenciales efectos crónicos en la salud humana.
El Golfo de México alberga una biodiversidad invaluable que esta en peligro
No se trata de un hecho aislado. En 2019, otro derrame en Cayo Arcas pasó desapercibido y fue reconocido por Pemex cinco meses después.
Según Álvarez Filip, “el estrés crónico” de estos “accidentes menores” puede ser incluso más dañino que eventos espectaculares como el “ojo de fuego”.
La falta de monitoreo ambiental, sistemas de inspección deficientes y la negativa a transparentar información por parte del gobierno y Pemex agravan el problema.
Organizaciones como Cartocrítica y Greenpeace México han señalado que la empresa no solo carece de controles adecuados, sino que es una de las principales emisoras de gases de efecto invernadero del mundo.

Frente a esta realidad, 25 organizaciones civiles exigieron al gobierno mexicano que investigue el incidente, sancione a los responsables y elabore un plan de reparación del daño.
También urgieron a abandonar la dependencia de los combustibles fósiles, detener la extracción en aguas profundas y prohibir el fracking.
El Golfo de México alberga una biodiversidad invaluable. Pero sin transparencia, sin ciencia independiente y sin voluntad política, cada nueva fuga es una herida más al océano… y a nuestro futuro.
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